martes, 20 de noviembre de 2012

La trampa




En un barrio como cualquiera vivían dos vecinos cuyos predios eran colindantes.  Se respetaban mutuamente, pero no eran amigos. Ambos evitaban causar al otro cualquier  inconveniente: ruidos molestos, pelotazos en la pared medianera, ladridos de perros en horas de descanso... Eran un ejemplo de convivencia civilizada.

 Uno se llamaba Pedro. Buen tipo, pero desconfiado y pesimista. Astuto para los negocios, se había hecho una buena posición. El otro, Juan, era  bonachón y amigo de todo el mundo. Ingenuo, más bien crédulo, era frecuentemente engañado por los pícaros que nunca faltan. Fácil es entender por qué su posición económica era más bien modesta.

 Se saludaban respetuosamente cada vez que se encontraban.

—Buen día, Pedro. ¿Cómo está usted? —decía Juan quitándose gorra.

 
—No sé qué le ve de bueno, pero si usted lo dice...Estoy bien. Gracias. ¿Y usted?

—Bien, gracias. ¿La familia?

—Todos bien, por el momento. Nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre —concluía Pedro.

 
Cierto día en el deslinde de ambos terrenos surgió un raro arbolito, de una especie desconocida. Intrigados los vecinos consultaron a un  botánico que vivía en las inmediaciones.

—Mefisto, para servirles —se presentó el botánico, escondido tras unos enormes anteojos oscuros.

Los vecinos le expusieron su problema. El científico, después de leer una biblioteca entera de grandes libros sobre todo tipo de árboles, sentenció:

—Se trata de un retoño del árbol perdido de la ciencia del bien y del mal. Quien coma sus frutos será tan sabio que, comparados con él, Sócrates y Salomón parecerán ignorantes. Será famoso más que cualquier famoso y si lo desea podrá hacerse inmensamente rico, porque todos acudirán a él a pedirle consejo. Podrá ser como un coaching de multitudes.

— ¡Tendré mucho dinero y seré poderoso! —exclamó Pedro.

— ¡Tendré muchos amigos y seré feliz! —exclamó Juan.

—Pero hay un pequeño inconveniente —dijo el botánico—. Sólo su dueño puede comer sus frutos.

—El dueño soy yo —dijo Pedro con firmeza y amenazando a Juan con la mirada—. El árbol está en mi terreno.

—Un momento, vecino. También está en el mío —contestó Juan enfrentando la mirada de Pedro—. Así que yo soy el dueño y no hay más discusión.

Cesent lites —terció el botánico apelando al latín de sus años de universitario—. No hace falta que se peleen. Ya que el árbol está en el deslinde de ambos predios, ambos son los dueños.

—Puede ser, pero si ambos somos los dueños, ambos tenemos derecho a la misma cantidad de frutos. Ahí veo un problema —dijo Pedro, insinuando cierta desconfianza hacia la honestidad de Juan.

—No me gustan sus palabras, vecino. Usted sabe que nunca le he faltado en nada —replicó Juan.

—Un momento, resolvámoslo civilizadamente. Les propongo un pacto de caballeros: El árbol da frutos del bien y frutos del mal. Los rojos son del bien y los verdes  del mal —terció el botánico—. Elija cada uno qué fruto prefiere comer y así no habrá disputa sobre quién come más y quién menos.

—Me parece justo —dijeron a dúo los vecinos.

—Pues bien, ¿qué eligen?

—¿Cuál es el más conveniente para saber manejarse con los sinverguenzas? —preguntó Pedro.

—¿Cuál es el más provechoso para disfrutar de las cosas bonitas de la vida? —preguntó Juan.

—No tengo la menor idea —contestó el botánico. Tendrán que arriesgar.

—Yo elijo los frutos de la ciencia del mal. Creo que así nada ni nadie me podrá engañar  y podré precaverme de las ilusiones y de los manejos de  perversos, hipócritas y estafadores —dijo Pedro.

—Yo elijo los frutos de la ciencia del bien. Tal vez así podré ver el rostro amable de todas las cosas y ser feliz —dijo a su vez Juan.

—Muy bien —sentenció el botánico—. Sólo falta que me paguen los honorarios y… ¡arrivederci Roma! Son quinientos patacones —concluyó, sin ponerse colorado. Cobró, recogió sus bagayos y se marchó.

 
Cuando el árbol comenzó a dar frutos los dos se apresuraron a comer los que habían elegido. Estaban ansiosos de saber vivir y sacar provecho de esa sabiduría. No sabían que bajo la hierba se ocultaba la serpiente.

 
Comió Pedro los frutos de la ciencia del mal y desde entonces  sus ojos no pudieron ya ver nada bueno en el mundo ni nada que tuviera algún valor. Sólo supo ver las malas intenciones que esconden las personas, los artificios de los malhechores, la perversidad, la malicia, la hipocresía, la estafa, la traición y el mal esencial que corroe todas las cosas conduciéndolas hacia la nada…

Se volvió desconfiado hasta de su sombra, crítico a ultranza, malicioso, cínico,  misántropo y nihilista. Hizo de la sospecha su filosofía. Lo ganó el pesimismo y la desesperanza. Consideraba todo idealismo como iluso o hipócrita y sólo veía el lado oscuro de las cosas. Creyendo que el bien era una fantasía se olvidó de los sueños de redención. El pasado se le antojó una acumulación de ruina sobres ruinas y el futuro un presagio de infortunios.

Se alejó de la gente y se arrinconó en su casa, evitando todo contacto con los vecinos por temor de que lo engañaran. “Son como lobos prontos a devorarme”, “El infierno son los otros”, decía.

Se dedicó a pintar cuadros que expresaban el horror en que vivía, rodeándose de defensas y prevenciones contra el mundo donde sólo veía hostilidad, ambición y rapiña.

 Murió de espanto y asco, maldiciendo haber nacido y considerando a la muerte como el final más acorde con la perversidad de la vida.

 
Juan comió los frutos de la ciencia del bien y desde entonces se le abrieron los ojos y pudo ver la maravilla del mundo y de la vida, pero ya no supo ver nada malo ni cosa que sea despreciable. Apreciaba a todos y no desconfiaba de nadie. Era incapaz de ver la maldad ni la mala intención. Creía de buena fe los relatos de los ideólogos y charlatanes  de cualquier calaña.

 
Abandonando por inútiles todas las prevenciones, seguros, rejas y llaves, dejó abiertas día y noche las puertas de su casa y de su alma.

Los vecinos lo tomaban para la chacota y se referían a él como “el otario” o “el paparulo”, pero él no lo tomaba a mal y se reía feliz de ser causa de  diversión de los demás.

Cándido como un chiquillo creyó que el mundo era el mejor mundo posible y que no necesitaba ser cambiado. Así abandonó por innecesarias las causas por un mundo mejor que defendió en su juventud. Se dejó  hirsutos todos los pelos de la cabeza, se vistió con una túnica y se lanzó a predicar un nuevo evangelio: “No lamentes el pasado porque fue lo mejor que te pudo ocurrir ni te preocupes por lo porvenir porque necesariamente todo será  mejor para ti. Ama las cosas como son, porque son las mejores posibles”, decía. Los chocarreros del barrio lo apodaron “el loco mejorista”

 
Reputó como beneficio las canalladas que los demás perpetraron contra él aprovechándose de su candidez. Fue despojado de todas sus cosas y quedó en la indigencia, a la que bendecía como la mejor de las condiciones. “Está todo bien”, balbuceaba como en una letanía.

Murió de hambre y de frío, celebrando  el dolor y la muerte como el cierre triunfal de una vida  maravillosa.

 
Muertos los dos vecinos las casas quedaron abandonadas. El árbol seguía dando sus frutos pero ya nadie se atrevía a comerlos, visto lo que había sucedido.

 
Un día reapareció el botánico, pala en mano. Prolijamente desarraigó el árbol del suelo, lo cargó en un carro y desapareció.

—No hay caso — dicen los vecinos que comentó—. Pudieron ser los hombres más sabios del mundo, pero eran egoístas, no supieron compartir y cayeron en la trampa de dividir que yo les tendí.  Voy a buscar a otros dos. Tal vez algún día encuentre a dos hombres sensatos que sepan aprovechar los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal y me ganen la partida.

 

                                                                                                                Raúl Czejer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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