viernes, 2 de noviembre de 2012

Solo de oboe




                                 
—¿Te acordás de Antonio? ¡No me digas que no te acordás! Si vivía a la vuelta de tu casa, por la calle Riobamba. ¡Ah! Ahora te acordaste. Recordarás que era un hombre ya grande, muy bien conservado a fuerza de ejercicios y de la práctica de varios deportes. No se  perdía la maratón anual que se realiza en Palermo y aunque llegaba entre los últimos, siempre llegaba. ¿Recordás que vivía con su hija, que estaba casada y tenía dos hijos?  Bueno, resulta que un buen día Antonio desapareció del barrio y ya nadie supo más de él. Ni los vecinos ni la familia pudieron dar razones de su desaparición y aunque se hizo la denuncia, no hubo forma de ubicarlo y así pasó a engrosar la lista de personas desaparecidas. La hija mucho no se ocupó de buscarlo porque parece que no se llevaban muy bien. En el barrio se hicieron las más variadas conjeturas sobre qué podía haber ocurrido con él. Vos sabés cómo es la gente cuando se pone a imaginar. Las teorías fueron de lo más disparatadas: Que se había hecho linyera. Que lo pisó un tren de carga y no quedó nada de él. Que se tomo una purga excesiva y se fue por el caño…Y cosas así, a cual más ridícula y alocada. Vos sabés que yo no me doy a habladurías y que no me gusta andar averiguando la vida de la gente, pero el caso de Antonio me tenía intrigado, así que me propuse realizar una investigación exhaustiva que me llevara a la verdad.

Hablé con los vecinos y con todos los que lo conocían para recabar información de aquí y de allá de modo de  hacerme una composición de lo sucedido, pero no lograba avanzar gran cosa. Vos me conocés,  yo soy perseverante, de modo que seguí averiguando y quiso mi buena estrella que  en esa pesquisa me encontrara al fin con una gente que dicen que lo vieron una vez en la playa de Claromecó, un día de frío y mucho viento. Casi no lo reconocieron, porque tenía la barba y el pelo muy crecidos y estaba vestido de un modo estrafalario, como si fuera un hippie redivivo. Lo vieron sentado en la cima de un médano tocando una melancólica melodía en lo que parecía un oboe, con los pelos y la barba agitados por el viento. Más que música les pareció una oración puesta en sonidos. Cuando acabó de tocar, se levantó y se dirigió a una cabaña, al parecer de madera, que se veía en la lejanía  entre los médanos.

No supieron darme más precisiones sobre la ubicación de esa cabaña, pero con las señas del lugar donde lo vieron pensé que no me sería difícil encontrarla. Así que un buen día nos fuimos con mi mujer a Claromecó a ver si podíamos hablar con él y saber las causas de su insólita desaparición.

Después de algunas recorridas por la playa encontramos la cabaña. Antonio no estaba en ese momento, así que lo esperamos sentados en la arena, disfrutando de la vista del mar, enorme y solitario. Al rato apareció, acompañado por un perro siberiano. Traía una ristra de peces de varias clases colgando de una mano y en la otra una caña de pescar. Se sorprendió al vernos y nos reconoció al instante. Nos recibió con buen humor y nos invitó a comer pescado a la parrilla que él mismo prepararía. Aceptamos y al rato ya estábamos  conversando de distintas cosas como buenos y viejos vecinos. Yo no me animaba a entrar en el tema que me había llevado hasta allí, por temor de que lo tomara a mal, pero con el  correr de la conversación y haciéndome el pavote deslicé una frase como para tantear su disposición a hablar de su historia personal.

—En el barrio se lo hecha de menos, don Antonio —dije mirando como distraído el horizonte del mar.

—Me imagino que debe de haberlos sorprendido mi desaparición —contestó, demostrando que no tenía empacho en hablar del asunto

—Efectivamente. Usted se ha transformado en un misterio para todos los vecinos.

—Es bueno y halagador que a uno lo extrañen. Gracias.

—¿Qué es lo que pasó, don Antonio, si se puede saber?

—No hay problema. Mire, un hombre debe saber cuándo es conveniente  abandonar el escenario y dejarse de joder al prójimo

—No le entiendo, perdóneme

—Cuando murió mi mujer, mi hija, que no tenía casa propia, vino a vivir conmigo junto con su familia, el marido y dos hijos. Mientras los nietos fueron chicos, dormían en un solo cuarto, pero cuando se hicieron grandes necesitaron espacio propio cada uno. No había cómo crear otro cuarto en el departamento, así que estaba sobrando uno. Entendí que ese uno era yo, el más viejo, el que ya había vivido su vida,  y que había llegado el momento de dejar espacio a los más jóvenes. Yo siempre tuve buena salud y gusté de la vida al aire libre. Me encanta  el mar y como por suerte tengo una buena pensión, pensé que bien podía pasar los últimos años de mi vida aquí, sin molestar a mi familia, en esta playa hermosa que conocí cuando era  hippie.

—¿Pero por qué no avisó a nadie de su decisión, ni a su familia?

—Porque se habrían opuesto y yo habría seguido sintiendo que era un estorbo.

—¿Y no piensa volver alguna vez?

—No. Aquí estoy bien. Yo, mi perro, mi oboe, la playa y el mar. Les pido que respeten mi decisión y no digan que estoy viviendo aquí.

—Así será, don Antonio, no se preocupe.

Cuando acabamos con los pescados a la parrilla, Antonio se ofreció para interpretar  en nuestro honor algunas composiciones propias en su oboe. Te imaginarás que en ese marco de playa y mar, sol tibio y brisa marina, la música de Antonio nos pareció de otro mundo. Arrancó a su oboe sonidos que hablaban de cielos estrellados y amaneceres luminosos, noches de viento y aguacero y días de comunión con las olas. Te juro que nunca había vivido momentos de tanta exaltación espiritual.

—Vuelvan cuando quieran —nos dijo al despedirnos—.  Aquí siempre habrá un amigo, un pescado a la parrilla y un oboe para alegrarles el corazón.

 Nos fuimos con las ganas de volver a escuchar  la música de Antonio en un día diáfano a orillas del de mar.

Al año volvimos. Ya no encontramos a nadie. Sólo quedaba la cabaña solitaria, mudo testigo de que  allí alguna vez el alma de  Antonio fue feliz.

 

                                                                                                             Raúl Czejer

 
¿Sería tan hermosa como ésta la música de Antonio?

 

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