domingo, 25 de noviembre de 2012

Era un hombre, un individuo...


Era un hombre, un individuo,
a la caza de una sombra,
de un abrazo, de un te quiero,
de un rescoldo, de un residuo,
de una sonrisa, de una hora,
de un no te vayas, te espero.

-José Alfonso Pérez Martínez, 2012-

martes, 20 de noviembre de 2012

La trampa




En un barrio como cualquiera vivían dos vecinos cuyos predios eran colindantes.  Se respetaban mutuamente, pero no eran amigos. Ambos evitaban causar al otro cualquier  inconveniente: ruidos molestos, pelotazos en la pared medianera, ladridos de perros en horas de descanso... Eran un ejemplo de convivencia civilizada.

 Uno se llamaba Pedro. Buen tipo, pero desconfiado y pesimista. Astuto para los negocios, se había hecho una buena posición. El otro, Juan, era  bonachón y amigo de todo el mundo. Ingenuo, más bien crédulo, era frecuentemente engañado por los pícaros que nunca faltan. Fácil es entender por qué su posición económica era más bien modesta.

 Se saludaban respetuosamente cada vez que se encontraban.

—Buen día, Pedro. ¿Cómo está usted? —decía Juan quitándose gorra.

 
—No sé qué le ve de bueno, pero si usted lo dice...Estoy bien. Gracias. ¿Y usted?

—Bien, gracias. ¿La familia?

—Todos bien, por el momento. Nunca se sabe por dónde va a saltar la liebre —concluía Pedro.

 
Cierto día en el deslinde de ambos terrenos surgió un raro arbolito, de una especie desconocida. Intrigados los vecinos consultaron a un  botánico que vivía en las inmediaciones.

—Mefisto, para servirles —se presentó el botánico, escondido tras unos enormes anteojos oscuros.

Los vecinos le expusieron su problema. El científico, después de leer una biblioteca entera de grandes libros sobre todo tipo de árboles, sentenció:

—Se trata de un retoño del árbol perdido de la ciencia del bien y del mal. Quien coma sus frutos será tan sabio que, comparados con él, Sócrates y Salomón parecerán ignorantes. Será famoso más que cualquier famoso y si lo desea podrá hacerse inmensamente rico, porque todos acudirán a él a pedirle consejo. Podrá ser como un coaching de multitudes.

— ¡Tendré mucho dinero y seré poderoso! —exclamó Pedro.

— ¡Tendré muchos amigos y seré feliz! —exclamó Juan.

—Pero hay un pequeño inconveniente —dijo el botánico—. Sólo su dueño puede comer sus frutos.

—El dueño soy yo —dijo Pedro con firmeza y amenazando a Juan con la mirada—. El árbol está en mi terreno.

—Un momento, vecino. También está en el mío —contestó Juan enfrentando la mirada de Pedro—. Así que yo soy el dueño y no hay más discusión.

Cesent lites —terció el botánico apelando al latín de sus años de universitario—. No hace falta que se peleen. Ya que el árbol está en el deslinde de ambos predios, ambos son los dueños.

—Puede ser, pero si ambos somos los dueños, ambos tenemos derecho a la misma cantidad de frutos. Ahí veo un problema —dijo Pedro, insinuando cierta desconfianza hacia la honestidad de Juan.

—No me gustan sus palabras, vecino. Usted sabe que nunca le he faltado en nada —replicó Juan.

—Un momento, resolvámoslo civilizadamente. Les propongo un pacto de caballeros: El árbol da frutos del bien y frutos del mal. Los rojos son del bien y los verdes  del mal —terció el botánico—. Elija cada uno qué fruto prefiere comer y así no habrá disputa sobre quién come más y quién menos.

—Me parece justo —dijeron a dúo los vecinos.

—Pues bien, ¿qué eligen?

—¿Cuál es el más conveniente para saber manejarse con los sinverguenzas? —preguntó Pedro.

—¿Cuál es el más provechoso para disfrutar de las cosas bonitas de la vida? —preguntó Juan.

—No tengo la menor idea —contestó el botánico. Tendrán que arriesgar.

—Yo elijo los frutos de la ciencia del mal. Creo que así nada ni nadie me podrá engañar  y podré precaverme de las ilusiones y de los manejos de  perversos, hipócritas y estafadores —dijo Pedro.

—Yo elijo los frutos de la ciencia del bien. Tal vez así podré ver el rostro amable de todas las cosas y ser feliz —dijo a su vez Juan.

—Muy bien —sentenció el botánico—. Sólo falta que me paguen los honorarios y… ¡arrivederci Roma! Son quinientos patacones —concluyó, sin ponerse colorado. Cobró, recogió sus bagayos y se marchó.

 
Cuando el árbol comenzó a dar frutos los dos se apresuraron a comer los que habían elegido. Estaban ansiosos de saber vivir y sacar provecho de esa sabiduría. No sabían que bajo la hierba se ocultaba la serpiente.

 
Comió Pedro los frutos de la ciencia del mal y desde entonces  sus ojos no pudieron ya ver nada bueno en el mundo ni nada que tuviera algún valor. Sólo supo ver las malas intenciones que esconden las personas, los artificios de los malhechores, la perversidad, la malicia, la hipocresía, la estafa, la traición y el mal esencial que corroe todas las cosas conduciéndolas hacia la nada…

Se volvió desconfiado hasta de su sombra, crítico a ultranza, malicioso, cínico,  misántropo y nihilista. Hizo de la sospecha su filosofía. Lo ganó el pesimismo y la desesperanza. Consideraba todo idealismo como iluso o hipócrita y sólo veía el lado oscuro de las cosas. Creyendo que el bien era una fantasía se olvidó de los sueños de redención. El pasado se le antojó una acumulación de ruina sobres ruinas y el futuro un presagio de infortunios.

Se alejó de la gente y se arrinconó en su casa, evitando todo contacto con los vecinos por temor de que lo engañaran. “Son como lobos prontos a devorarme”, “El infierno son los otros”, decía.

Se dedicó a pintar cuadros que expresaban el horror en que vivía, rodeándose de defensas y prevenciones contra el mundo donde sólo veía hostilidad, ambición y rapiña.

 Murió de espanto y asco, maldiciendo haber nacido y considerando a la muerte como el final más acorde con la perversidad de la vida.

 
Juan comió los frutos de la ciencia del bien y desde entonces se le abrieron los ojos y pudo ver la maravilla del mundo y de la vida, pero ya no supo ver nada malo ni cosa que sea despreciable. Apreciaba a todos y no desconfiaba de nadie. Era incapaz de ver la maldad ni la mala intención. Creía de buena fe los relatos de los ideólogos y charlatanes  de cualquier calaña.

 
Abandonando por inútiles todas las prevenciones, seguros, rejas y llaves, dejó abiertas día y noche las puertas de su casa y de su alma.

Los vecinos lo tomaban para la chacota y se referían a él como “el otario” o “el paparulo”, pero él no lo tomaba a mal y se reía feliz de ser causa de  diversión de los demás.

Cándido como un chiquillo creyó que el mundo era el mejor mundo posible y que no necesitaba ser cambiado. Así abandonó por innecesarias las causas por un mundo mejor que defendió en su juventud. Se dejó  hirsutos todos los pelos de la cabeza, se vistió con una túnica y se lanzó a predicar un nuevo evangelio: “No lamentes el pasado porque fue lo mejor que te pudo ocurrir ni te preocupes por lo porvenir porque necesariamente todo será  mejor para ti. Ama las cosas como son, porque son las mejores posibles”, decía. Los chocarreros del barrio lo apodaron “el loco mejorista”

 
Reputó como beneficio las canalladas que los demás perpetraron contra él aprovechándose de su candidez. Fue despojado de todas sus cosas y quedó en la indigencia, a la que bendecía como la mejor de las condiciones. “Está todo bien”, balbuceaba como en una letanía.

Murió de hambre y de frío, celebrando  el dolor y la muerte como el cierre triunfal de una vida  maravillosa.

 
Muertos los dos vecinos las casas quedaron abandonadas. El árbol seguía dando sus frutos pero ya nadie se atrevía a comerlos, visto lo que había sucedido.

 
Un día reapareció el botánico, pala en mano. Prolijamente desarraigó el árbol del suelo, lo cargó en un carro y desapareció.

—No hay caso — dicen los vecinos que comentó—. Pudieron ser los hombres más sabios del mundo, pero eran egoístas, no supieron compartir y cayeron en la trampa de dividir que yo les tendí.  Voy a buscar a otros dos. Tal vez algún día encuentre a dos hombres sensatos que sepan aprovechar los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal y me ganen la partida.

 

                                                                                                                Raúl Czejer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 18 de noviembre de 2012

Piazza Erbe


Estábamos allí sentados en la plaza
una tarde frugal y sin embargo azul
y extrañamente lenta de Verona.
Como en una postal, pensé, la tarde,
el paspartú, una manzana.

Esbozo en un cuaderno los detalles
como la mano o el paso de la luz
a través de los puestos del mercado,
donde la voz nerviosa
y la intención venal de los tenderos
encuentra su razón.

Y tú y yo en la mitad de ese mercado,
compañeros de viaje y de la vida,
esperando tan sólo
 a encontrarnos de nuevo con la noche.


Antonio Aguilar Rodríguez
salondelospasosperdidos.blogspot.com

domingo, 11 de noviembre de 2012

DAD AL AIRE MI VOZ: SI TE LLAMARAS NOVIEMBRE:   Si te llamaras noviembre respirando la niebla que acaricia el Duero y vinieras a recoger ropa vieja y seca que mis brazos no alcanzan......

viernes, 2 de noviembre de 2012

Solo de oboe




                                 
—¿Te acordás de Antonio? ¡No me digas que no te acordás! Si vivía a la vuelta de tu casa, por la calle Riobamba. ¡Ah! Ahora te acordaste. Recordarás que era un hombre ya grande, muy bien conservado a fuerza de ejercicios y de la práctica de varios deportes. No se  perdía la maratón anual que se realiza en Palermo y aunque llegaba entre los últimos, siempre llegaba. ¿Recordás que vivía con su hija, que estaba casada y tenía dos hijos?  Bueno, resulta que un buen día Antonio desapareció del barrio y ya nadie supo más de él. Ni los vecinos ni la familia pudieron dar razones de su desaparición y aunque se hizo la denuncia, no hubo forma de ubicarlo y así pasó a engrosar la lista de personas desaparecidas. La hija mucho no se ocupó de buscarlo porque parece que no se llevaban muy bien. En el barrio se hicieron las más variadas conjeturas sobre qué podía haber ocurrido con él. Vos sabés cómo es la gente cuando se pone a imaginar. Las teorías fueron de lo más disparatadas: Que se había hecho linyera. Que lo pisó un tren de carga y no quedó nada de él. Que se tomo una purga excesiva y se fue por el caño…Y cosas así, a cual más ridícula y alocada. Vos sabés que yo no me doy a habladurías y que no me gusta andar averiguando la vida de la gente, pero el caso de Antonio me tenía intrigado, así que me propuse realizar una investigación exhaustiva que me llevara a la verdad.

Hablé con los vecinos y con todos los que lo conocían para recabar información de aquí y de allá de modo de  hacerme una composición de lo sucedido, pero no lograba avanzar gran cosa. Vos me conocés,  yo soy perseverante, de modo que seguí averiguando y quiso mi buena estrella que  en esa pesquisa me encontrara al fin con una gente que dicen que lo vieron una vez en la playa de Claromecó, un día de frío y mucho viento. Casi no lo reconocieron, porque tenía la barba y el pelo muy crecidos y estaba vestido de un modo estrafalario, como si fuera un hippie redivivo. Lo vieron sentado en la cima de un médano tocando una melancólica melodía en lo que parecía un oboe, con los pelos y la barba agitados por el viento. Más que música les pareció una oración puesta en sonidos. Cuando acabó de tocar, se levantó y se dirigió a una cabaña, al parecer de madera, que se veía en la lejanía  entre los médanos.

No supieron darme más precisiones sobre la ubicación de esa cabaña, pero con las señas del lugar donde lo vieron pensé que no me sería difícil encontrarla. Así que un buen día nos fuimos con mi mujer a Claromecó a ver si podíamos hablar con él y saber las causas de su insólita desaparición.

Después de algunas recorridas por la playa encontramos la cabaña. Antonio no estaba en ese momento, así que lo esperamos sentados en la arena, disfrutando de la vista del mar, enorme y solitario. Al rato apareció, acompañado por un perro siberiano. Traía una ristra de peces de varias clases colgando de una mano y en la otra una caña de pescar. Se sorprendió al vernos y nos reconoció al instante. Nos recibió con buen humor y nos invitó a comer pescado a la parrilla que él mismo prepararía. Aceptamos y al rato ya estábamos  conversando de distintas cosas como buenos y viejos vecinos. Yo no me animaba a entrar en el tema que me había llevado hasta allí, por temor de que lo tomara a mal, pero con el  correr de la conversación y haciéndome el pavote deslicé una frase como para tantear su disposición a hablar de su historia personal.

—En el barrio se lo hecha de menos, don Antonio —dije mirando como distraído el horizonte del mar.

—Me imagino que debe de haberlos sorprendido mi desaparición —contestó, demostrando que no tenía empacho en hablar del asunto

—Efectivamente. Usted se ha transformado en un misterio para todos los vecinos.

—Es bueno y halagador que a uno lo extrañen. Gracias.

—¿Qué es lo que pasó, don Antonio, si se puede saber?

—No hay problema. Mire, un hombre debe saber cuándo es conveniente  abandonar el escenario y dejarse de joder al prójimo

—No le entiendo, perdóneme

—Cuando murió mi mujer, mi hija, que no tenía casa propia, vino a vivir conmigo junto con su familia, el marido y dos hijos. Mientras los nietos fueron chicos, dormían en un solo cuarto, pero cuando se hicieron grandes necesitaron espacio propio cada uno. No había cómo crear otro cuarto en el departamento, así que estaba sobrando uno. Entendí que ese uno era yo, el más viejo, el que ya había vivido su vida,  y que había llegado el momento de dejar espacio a los más jóvenes. Yo siempre tuve buena salud y gusté de la vida al aire libre. Me encanta  el mar y como por suerte tengo una buena pensión, pensé que bien podía pasar los últimos años de mi vida aquí, sin molestar a mi familia, en esta playa hermosa que conocí cuando era  hippie.

—¿Pero por qué no avisó a nadie de su decisión, ni a su familia?

—Porque se habrían opuesto y yo habría seguido sintiendo que era un estorbo.

—¿Y no piensa volver alguna vez?

—No. Aquí estoy bien. Yo, mi perro, mi oboe, la playa y el mar. Les pido que respeten mi decisión y no digan que estoy viviendo aquí.

—Así será, don Antonio, no se preocupe.

Cuando acabamos con los pescados a la parrilla, Antonio se ofreció para interpretar  en nuestro honor algunas composiciones propias en su oboe. Te imaginarás que en ese marco de playa y mar, sol tibio y brisa marina, la música de Antonio nos pareció de otro mundo. Arrancó a su oboe sonidos que hablaban de cielos estrellados y amaneceres luminosos, noches de viento y aguacero y días de comunión con las olas. Te juro que nunca había vivido momentos de tanta exaltación espiritual.

—Vuelvan cuando quieran —nos dijo al despedirnos—.  Aquí siempre habrá un amigo, un pescado a la parrilla y un oboe para alegrarles el corazón.

 Nos fuimos con las ganas de volver a escuchar  la música de Antonio en un día diáfano a orillas del de mar.

Al año volvimos. Ya no encontramos a nadie. Sólo quedaba la cabaña solitaria, mudo testigo de que  allí alguna vez el alma de  Antonio fue feliz.

 

                                                                                                             Raúl Czejer

 
¿Sería tan hermosa como ésta la música de Antonio?

 

jueves, 1 de noviembre de 2012

Poema de Ángel Montilla


YAHVÉ AIRADO DA INSTRUCCIONES A NOÉ


Esto no es, Noé, lo que aquel día
pactamos a la sombra de un manzano:
Yo te creo a mi imagen, ser humano,
y a cambio tú me rindes pleitesía.

Pero vas con reptil alevosía
me hurtas el huerto, matas a tu hermano
y me alzarás un dedo, orgullo insano
de babilónica albañilería.

Hasta el triángulo estoy ya del pecado:
así que una paloma mensajera
pon al mando de todo lo creado,

vete haciendo de clavos y madera
un barco antidiluvios con tejado,
úntale pez y ciérralo por fuera.



Ángel Montilla



Disqus for Licuadora de letras