jueves, 30 de mayo de 2013

EL ÚLTIMO DÍA POR BEGOÑA LEONARDO


 
   La puerta estaba abierta,  pensé que al llegar de la calle se la habría dejado en un descuido. La edad no perdona... Las cortinas estaban corridas como si fuera media tarde, aunque, apenas era la hora del almuerzo, éso sí me extrañó, y un olor raro, rancio que impregnaba el ambiente.

Me asustó de repente el timbre del teléfono...
-¡Tía, el teléfono!, ¿dónde estás?... No obtuve respuesta. Descolgué, pero nadie dijo nada, y colgué enseguida.
Me dirigí al salón, tenía una sensación... me sentía observada. Aquella casa me provocaba angustia y, desde niña había evitado pasar en ella, nada  más que el tiempo estrictamente necesario. Tan gótica, parecía estar siempre a punto de pasar algo malo.
La tía Berta, es  la hermana pequeña de mi abuela Catalina, la que al final, después de numerosos pleitos, se quedó con el caserón familiar, que desde luego yo, no quería ni en pintura; aunque he de reconocer, que algunas obras de arte colgaban de sus paredes.
-¡Tía!, volví a llamarla...
De repente, envuelta en una neblina, una figura inquietante y desconocida avanzaba hacia mí por el pasillo. Saqué un hilillo de voz... - ¿Y mi tía?, como la respuesta se demoraba y mi nervioso corazón parecía desbocarse, no sé cómo, pero con una voz potente que en ese momento no reconocí como la mía, me arranqué  con otra pregunta. ¿Qué está pasando?...
Era una mujer la que se aproximaba y, sin pronunciar una palabra, con un gesto me pedía silencio. Yo, devorada por la desconfianza, no atinaba a hilvanar palabras con las que poder interrogar a la intrusa,  empezaba a sentir miedo ante su pétrea mirada.  Tenía frente a mí, al ser más escalofriante que jamás había visto. Se me paralizó la piel; su cara pálida, su cabello lacio tan bien peinado al milímetro, y toda de negro, parecía salida de una película de terror, claro que, el decorado no era para menos...
Con gran esfuerzo logré un momento alejarme de la ofuscación. Seguro que es una vecina,  aunque... La única que alguna vez se acercó por aquí, había fallecido hacía dos años.
... Al fin, se dirigió a mí con ademanes calmados y serenidad irritante.
Me dijo:
-Tranquila, estábamos esperándote. Tu tía no se quería ir sin ti.

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