viernes, 2 de agosto de 2013

Abigaíl




 

Todos los que conocían la historia del barrio se persignaban cuando en noches de viento pasaban frente a la casa. Abandonada desde el día de la tragedia era sólo un refugio para alimañas de toda clase y de algún linyera al que sorprendía la noche buscando un lugar donde guarecerse. Los vecinos no se hubieran atrevido jamás a dormir allí, pero para quien ignoraba el terrible suceso que vieron esas paredes la casa era mejor que la intemperie, a pesar de las ventanas desvencijadas y los agujeros en el techo, que dejaban ver la luna en las noches de cielo despejado. Cuando el viento del oeste soplaba con fuerza batiendo las persianas y silbando al pasar por las rendijas de las paredes, era cosa de ser muy corajudo para no salir huyendo con la cola entre las patas. Si parecía que voces de ultratumba quisieran decir algo que nadie alcanzaba a descifrar. Muchos se figuraban que la casa estaba habitada por fantasmas.

 Pedro era un muchacho valiente y curioso. Incrédulo acerca de fantasmas, le gustaba deshacer misterios y desencantar lugares encantados. No le temía a las sombras que se agitan en la oscuridad ni a los espíritus que supuestamente moran en las casas abandonadas, así que se propuso averiguar qué había en aquella mansión en ruinas que tanto temor causaba a los vecinos. Sabía que tenía que esperar la noche propicia para que los fantasmas pudieran hablar a la imaginación: noche de ulular del viento y de luna que se asoma y se oculta tras nubes negras pregoneras de tormenta.

—Tú estás chiflado —le dijo la madre cuando se enteró de su proyecto.

—No pasa nada, mami. Son fantasías de la gente —le dijo Pedro para tranquilizarla.

—Sé que eres cabezadura y que no aflojas cuando se te pone algo entre ceja y ceja. Yo algo sé de aparecidos y de almas en pena. Te voy a dar una pata de conejo y una estrella de seis puntas, que según me han enseñado  mis abuelos protegen contra el maleficio y los espíritus malignos.

—¿Te parece necesario, mamá?

—Y, mira, nunca se sabe. Llévalas en la mano izquierda, si no, no tendrán efecto. No lleves linterna; de lo contrario los fantasmas no aparecerán, porque le temen a la luz.

 Bien afirmado en su coraje y en los talismanes que le diera su mamá, una noche de viento pampero y nubes amenazantes que presagiaban tormenta, se llegó hasta la casa. Apenas traspuso el umbral lo asaltó un escalofrío de terror. Por un instante tuvo la tentación de salir en desbandada, pero se acordó de la pata de conejo que llevaba en el bolsillo, la apretó fuerte en su mano izquierda, tragó saliva y se metió en la casa apenas alumbrada por una luz de  luna que dejaba adivinar la silueta de los muebles.

 De pronto, un relámpago iluminó el recinto por un instante. Pedro se estremeció. Le pareció que alguien lo estaba observando desde un rincón de la sala. No vio a nadie, pero sentía  clavada en él la mirada de unos ojos invisibles. No le gustaba sentirse mirado de  esa manera.

—¿Quién está ahí? —dijo con voz firme para darse coraje.

Sólo le respondió el silencio

—Sé que estás ahí. Sal a la luz para que te pueda ver —insistió.

—Yo no puedo ir a la luz porque pertenezco a la oscuridad —respondió una voz de mujer que le sonó encantadora e inquietante.

Pedro sintió curiosidad y deseos de ver a la dueña de voz tan singular. Se figuraba que debía de ser una mujer muy hermosa.

—¿Cómo que perteneces  a la oscuridad? No te entiendo —dijo.

—Yo estoy suspendida entre este mundo y el otro, en la región entre la vida y la muerte donde moran los fantasmas. Aquí todo es oscuridad y silencio

—¿Eres un fantasma? —preguntó Pedro con voz temblorosa y apretó fuerte la pata de conejo.

—Sí, para mi desgracia

 —¿Cómo te llamas? —dijo Pedro recobrando la calma

—Abigaíl —dijo  la voz  en   tono desolado.

—¿Por qué estás acá?

—Esta fue mi casa y lo será mientras alguien no me rescate de la oscuridad.

—No te entiendo —dijo Pedro y, por las dudas, apretó con la derecha la estrella de seis puntas.

—Yo era una joven muy hermosa —continuó diciendo la voz desde un lugar incierto de la sala—,  tanto que estaba enamorada de mi hermosura. Me sentía autosuficiente y orgullosa y eso me gustaba. No dejaba de contemplarme en el espejo y no hacía caso de los que pretendían cortejarme. Me negué siempre al amor, porque todos mis pretendientes me parecían poca cosa. No bien los conocía me sentía decepcionada porque no los veía dignos de mis excelsas cualidades. Nadie me parecía digno de mi amor.

—¿Cuándo viviste aquí? Esta casa está abandonada hace muchos años.

 —Hace mucho, demasiado tiempo —dijo Abigaíl melancólicamente.

— ¿Cómo te convertiste en fantasma?

—Un día, bajando las escaleras mientras me miraba en un espejo de mano, pisé el ruedo del vestido y caí, quebrándome el cuello. Escapé de mi cuerpo, pero quedé atrapada en el mundo de las sombras. Desde entonces estoy aquí, siempre frente al espejo sin luz, condenada a  mirarme y esperando que alguien rompa el hechizo de la obsesión por mí misma y me rescate de este mundo de sombras. Pero nadie se anima a entrar a esta casa en noches de viento y luna que se oculta detrás de nubes negras. Sólo tú has tenido tamaña valentía.

—¿Cómo puedo romper el encantamiento? —preguntó Pedro mirando hacia el hueco de la puerta como para salir disparado.

—Sólo el amor de alguien puede hacerlo. Ven conmigo, abrázame y  quiéreme. Tu amor me liberará de la maldición que pesa sobre mí y podré seguir mi viaje.

—¿Cómo puedo  abrazar y querer  a un fantasma?  Pertenecemos a mundos distintos. Yo no puedo llegar hasta el  mundo  donde habitas —respondió Pedro.

—El amor rompe todas las barreras, dicen; lamentablemente para mí no logró romper la barrera de mí misma.

—Yo no puedo sacarte del mundo oscuro al que te llevó tu orgullo; sólo Dios puede  —dijo Pedro con firmeza y levantó la estrella de seis puntas con la mano izquierda hacia donde sonaba la voz de Abigail.

— ¡No me dejes! —suplicó ella y salió a la luz tenue de la luna. Pedro la vio hermosa como nunca había visto a una mujer. Por un momento tuvo deseos de ella, pero apretó en la mano izquierda la pata de conejo y retrocedió hacia la puerta. Desde el umbral la miró. Abigaíl estaba parada en medio de la sala. Le pareció ver que lloraba. Sintió amor y compasión por ella y ya estaba dispuesto a volver sobre sus pasos cuando una nube escondió la luna y la sala quedó a oscuras. Al instante volvió la luz. Abigaíl ya no estaba.

—¿Abigaíl? — llamó Pedro con la esperanza de volver a verla para abrazarla y rescatarla de su mundo de sombras. La única respuesta fue el  ulular del viento y el batir de ventanas desvencijadas. En el piso donde la vio parada sólo había una rosa que se deshacía en sangre

 

                                                                                                     Raúl Czejer

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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