martes, 25 de junio de 2013

Tolerancia límite





A mi amigo Pedro se le estaba haciendo insoportable la situación. Tan luego a él, que gustaba de los silencios conventuales a la hora del descanso para disfrutar a su gusto de la música  de Chopin  o de Ennio Morricone, le había tocado tener de vecinos a un grupo de muchachos que dedicaban  largas horas de ocio a aporrear sus instrumentos  de rock, conectados a un desorbitado amplificador que hacía tremolar las paredes.

 
Cuando los jóvenes se instalaron en la casa le pareció agradable escuchar un poco de la algarabía que toda reunión de muchachos suele suscitar —daría un poco de alegría al entorno, pensó—. Pero cuando se sucedieron los días y  dale que dale a la batería y las guitarras y sus oídos educados en la música clásica se saturaron de ruidos, no tuvo más remedio que andar por la casa con un pasamontañas que pusiera distancia entre él y la trapisonda de los vecinos. El placer de la estudiantina se le fue a pasear, le subió la presión y el fastidio ante tanto estruendo de rock pesado le ganó el ánimo.

Por fin se decidió: Presentaría a los vecinos su queja por ruidos molestos. Llamó insistentemente a la puerta y nada. Pensó que de puro estar sumergidos en un mar de bochinche los muchachos se habían vuelto un tanto sordos, así que apeló a recursos más expeditivos.

Si no escuchaban, al menos podrían oler, pensó. Se acordó de sus años de estudiante y en el quiosco de la esquina compró unas bombitas de mal olor, que arrojó secretamente hacia el interior de la casa de los vecinos por el conducto de respiración de la cocina. Al ratito nomás los vio aparecer en estampida hacia la calle apantallándose las narices. “Esta es la mía”, se dijo, y encaró a la banda que sentada en el cordón de la vereda se empecinaba en espantar  la resaca de la pestilencia que misteriosamente había invadido el estudio improvisado.


—Muchachos  —les dijo con el tono más amable que encontró en su repertorio—, aprovecho que casualmente los encuentro. Quería pedirles que moderen el nivel de ruido de su amplificador. No me dejan dormir ni a la tarde ni a altas horas de la noche y, sinceramente, ya no lo soporto más.

—La libertad es libre —le contestó un flaco con aires de John Lennon en tiempos de sus andanzas con Yoko Ono—. En nuestra casa podemos hacer lo que queramos. Para eso pagamos el alquiler.

—Mirá, flaco —le respondió sintiendo que los colores se le subían a la cara—, tu libertad será libre dentro de tu casa, pero no  en mi casa, donde el que manda soy yo. Si tu ruido invade mi propiedad, me estás atropellando, y eso no lo voy a permitir.

—Vos sos un intolerante de mierda, incapaz de aguantarte nada en beneficio de la convivencia y del arte musical—le espetó a boca de jarro un gordito pelirrojo. Después supe que era el que apaleaba la batería.

—Vamos por partes —vociferó Pedro levantando presión y sintiendo que la furia española se le subía a la cabeza—.  Primero  aclaremos lo de “intolerancia de mierda”: Mi supuesta intolerancia no tiene  nada que ver con vos. Segundo: ¿Intolerante? ¿Defenderse de la agresión es ser intolerante? ¿Acaso la convivencia puede basarse en la injusticia? Y tercero: ¿En beneficio de la música? Muchachos, ustedes no hacen música, ustedes destrozan la música. Se los digo yo, que de eso sé bastante —concluyó Pedro, exagerando sus supuestos conocimientos

—¡No me vengas con filosofías! Tolerar es bancarse las molestias que los demás nos pueden ocasionar. Un poco de ruido no te va a arruinar los nervios. ¡No hay que ser tan estrechos, che! —le contestó el flaco cara de intelectual setentista— Además, te informo que la música que hacemos es música cavernaria  porque nosotros buscamos reconstruir las raíces originales del arte musical, limpiándola de toda la porquería que le cargó encima la burguesía satisfecha —continuó pontificando con aires de izquierdista de la última ola.

—Tampoco hay que ser tan contemplativos que renunciemos a nuestros derechos. Aunque a vos no te parezca, tu barahúnda de ruidos, música zurda o lo que vos quieras,  me va a arruinar la salud. Yo les insisto: por favor, bajen el volumen del sonido —concluyó  Pedro, viendo que sus vecinos eran impermeables a las ideas de justicia, respeto y consideración y que iba a tener  a tener que lidiar con ellos en su propio terreno.

El bochinche siguió tal cual. “Fuego contra fuego”, se dijo Pedro estratégicamente y se dispuso a presentar batalla. En una tienda de aparatos de audio compró un equipo amplificador de diez mil watts de consumo real y lo instaló en  el cuarto contiguo a la casa vecina. Tuvo que reforzar los fusibles y el cablerío para que soportaran la carga. Cuando probó su funcionamiento, sin llegar al máximo, los cuadros se cayeron de las paredes. Un amigo que entendía de electrónica le proveyó  un sensor  que encendía el equipo cuando el nivel de ruido  llegaba al límite de cincuenta y cinco decibeles. Cada vez que los rockeros improvisados se pasaban de la raya, el amplificador de Pedro tapaba batería, guitarras y cualquier otro sonido que anduviera por ahí, de tal modo que era imposible continuar con el ensayo. Los muchachos comprendieron que debían bajar los decibeles que invadían la casa del vecino. Forraron  paredes, ventanas y puertas con material aislante, convirtiendo a la casa en una cueva estanca apenas iluminada por una bombilla eléctrica. Aislados del mundanal ruido se encerraron a darle  a los instrumentos sin asco y sin descanso, a gusto e piacere, como diría mi amigo, el tano Pascual.


Pero a Pedro se le fue la mano. Un día en que  despertó medio chinchudo y no dispuesto a tolerar ruidito alguno, puso al máximo el amplificador y la tolerancia a cero decibeles. Al comienzo de la tocata cavernaria todo fue normal, pero a medida que se calentaba el concierto el sonido comenzó a subir de nivel, traspasó las paredes y el aislante, y llegó al sensor. Al instante se disparó el equipo de Pedro. El estruendo fue un tsunami de ruidos que hizo tremolar la casa como hoja azotada por el viento, el sismo rajó las paredes y toda la estructura colapsó ante el embate de las ondas sonoras embravecidas. No quedó piedra sobre piedra. Batería, guitarras, bajos, amplificadores, muebles, todo sucumbió bajo los escombros. De puro milagro los vecinos se salvaron de la hecatombe por haber huido a tiempo cuando la casa comenzó a estremecerse.

Pedro fue condenado por estrago con dolo eventual y lesiones varias.

Ahora, recluido en una celda oscura y silenciosa como una caverna, añora los días en que la algarabía de los jóvenes, la batería y las guitarras poblaban su mundo de mágicos sonidos. De vez en cuando lo voy a visitar y le llevo las grabaciones de los últimos conciertos de la banda de rock que fueran sus vecinos.
 
                                                                                Raul Czejer

 

                                                                                                   

 

 

 

 

 

 

jueves, 13 de junio de 2013

Tus escuderos


TUS ESCUDEROS

Si yo pudiera librarte
de tu secreto pesar,
como caballero de antigua saga
o canto o lai de la Francia,
que a las doncellas librara
de gigantes, de malos caballeros,
de hechizos de negra magia...
pero de lo que en ti misma
anida para tu daño
sólo tú puedes librarte.
Mas puedo, amiga, ayudarte, 
si quieres ser tu propio caballero:
mi corazón, mis abrazos y oídos,
podrán ser tus escuderos.

-José Alfonso Pérez Martínez, 13 de junio de 2013-

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